La infancia de Leydi frustrada por la desigualdad


Foto de Archivo
Franchetty Helena


Cuando tenía siete años mi vida parecía ser diferente.Yo al igual que muchos niños fuí a parar a los brazos de mis abuelos, no es que sea malo, sin embargo, los dramas internos que se van alimentando con la ausencia de los padres crecen, se reproducen y se convierten en la mayoría de los casos en patrones para nuestros hijos en el caso de tenerlos. 

Todo era muy confuso. Por un lado, mi mamá trabajando sin descanso para llegar al domingo y recogerme para ir a su casa, comprar un helado y llegado las 6 de la tarde retornar a la casa de mis abuelos. Por otro lado, mi papá, quien tenía su familia con hijos aparentes porque su esposa es japonesa, el chiste no era solo su familia, ni sus hijos. El problema es que nunca nadie me preguntó cómo te sientes tú cuando ves llegar a tu papá de visita y su conversación se resume en tres preguntas. ¿Cuántos años tienes? ¿En qué curso estás? ¿Cuándo es tu cumpleaños?

Recuerdo que no me quejaba, recuerdo que mis emociones parecían un remix, pasaba en ese orden, de emocionarme por ver a mi papá y a mis hermanos, a sentir rabia, odio, tristeza e impotencia por sentirme diferente a ellos, rcuerdo que a veces pensaba "no soy su hija", no lo soy. Miraba a mis hermanas y veía como todos los que nos rodeaban establecían diferencias desde el color de la piel, el pelo y la forma de vestir y expresarnos. Esto último me llenó de valor todo el tiempo, siempre escuchaba los montos de pago de colegios de mis hermanos, mientras yo trabajaba desde los 13 en una fábrica del papá de una de mis primas para poder pagarme el colegio.


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